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Cuando terminó la reunión, todos los filocgreses encaminaron sus pasos hacia los anchos soportales de salida, sólo para darse cuenta de que un par de gigantescos senos impedían cualquier intento de alcanzar el exterior. La ordeñadora automática no tiene pilas, estamos perdidos -se oyó murmurar al fondo-. El reverendo se puso los guantes de látex y todos sacaron sus paraguas.